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Dieta mediterránea

No es tan antiguo el concepto tan utilizado y conocido en estos tiempos de Dieta Mediterránea. El cual se acuño de manera reciente (1964), se llegó al mismo después de curiosos y enriquecedores estudios sobre la supervivencia humana en determinados países.

La dieta mediterránea es uno de los modelos alimenticios más saludables del mundo, sólo se puede comparar con algunas costumbres alimentarias asiáticas, como la japonesa. Su práctica de forma continúa, protege del infarto agudo de miocardio, la hipertensión arterial, el sobrepeso, la obesidad, la diabetes y de algunos tumores, como los de colon, mama y próstata. 


 


El trabajo más importante sobre los diferentes modelos nutricionales de determinados países lo realizaron el Dr. Ancel Keys y su esposa en los años 50, al observar la escasa mortalidad de los habitantes de la ciudad italiana de Nápoles, pese a no gozar entonces de un elevado nivel de vida.

 Este esclarecedor  trabajo se denominó “El estudio de los siete países” e incluía a Italia, Yugoslavia, Grecia, Finlandia, Holanda, Estados Unidos, y Japón. Se estudiaron los hábitos alimentarios en estos países de Europa, América y Asia, y su relación con la presencia de enfermedades cardiovasculares en la población, observándose que los países donde el consumo de pescado, frutas, cereales, verduras y aceites de origen vegetal formaban la base fundamental de su nutrición, tenían tasas de supervivencia mayores en relación con las enfermedades cardiovasculares (infartos, angina de pecho) que aquellas naciones con un mayor consumo de carnes, huevos, mantequilla y productos elaborados en el ámbito industrial.

Uno de los datos interesantes dentro de los hábitos nutricionales de la dieta mediterránea era tener en cuenta la ingesta regular de vino. Su consumo moderado se asocia con un menor riesgo de padecer enfermedad cardiaca, pero por el contrario su abuso aumenta el riesgo para ésta y otras enfermedades, como la cirrosis hepática.


En España la situación es muy parecida, con una alimentación similar a la de toda la cuenca Mediterránea, aun cuando por ejemplo, se consumen menos derivados lácteos que en Francia. En los últimos años la ingesta de productos muy elaborados ha aumentado considerablemente en nuestro país y el consumo de frutas y verduras ha disminuido, a pesar de ello las tasas de enfermedad cardiovascular siguen estando en niveles bajos en comparación con el resto de los países de similar nivel de riqueza.

Queda demostrado de esta forma que cuanto más variados y naturales sean los hábitos nutricionales, su repercusión será positiva en la salud y la esperanza de vida aumentará considerablemente. Así, es conveniente el uso de pescado, leguminosas, cereales, frutas, verduras, aceites de origen vegetal (preferentemente de oliva) y una moderadísima ingesta de vino (solo en los sujetos adultos que tengan esta costumbre).



En muy recientes estudios se observa cómo entre pacientes que han sufrido un infarto cardiaco, los que ingieren una cantidad moderada de vino tienen mayores posibilidades de recuperarse satisfactoriamente. También se detectan beneficios en las personas con artritis reumatoide, algunas formas de diabetes y los pacientes con cálculos en la vesícula biliar.

Mención especial requiere el consumo regular de pan, muchas veces demonizado y sin embargo esta considerado como un pilar más de la dieta mediterránea.